lunes, 6 de junio de 2016

UNA INDISCUTIBLE OFERTA (Héctor Torres)

Dicen que la diferencia entre la propaganda política y la cuña publicitaria es que una vende esperanzas y la otra vende ilusiones. Las primeras parecen gratis (aunque son a crédito, y sus intereses podrían arruinar el futuro de varias generaciones), mientras las segundas son tan de contado como efímeras. Ambas atenúan neurosis y ansiedades, pero son migajas si se les compara con lo que venden las religiones, que es algo así como “una parcela en el cielo”.
Ninguna bagatela, como se ve.
Entre los católicos el trámite es sencillo y no exige mucho compromiso: basta arrepentirse periódicamente de los pecados (que esa periodicidad no le quite el sueño a nadie: De producirse un accidente, siempre se contará con el servicio express de la extremaunción). Eso y cultivar prácticas como la caridad, esa “virtud” basada en entregar lo que no se necesita a cambio de acumular puntos para el Título de Propiedad en una parcela que no se tiene.
La caridad resulta la cantera perfecta para vivir de un mercado que siempre ha tenido demanda. Por eso, despertar la compasión del prójimo es el recurso de las decenas de pedigüeños profesionales que cada día, burlando la “seguridad del sistema”, penetran al metro para aplicarse a un negocio que, de contabilizarse, asombraría por sus cifras.
En otras latitudes no es tan sencillo. Cuenta Henri Michaux, en Un bárbaro en Asia (1933), que en Europa —vale decir en todo Occidente, donde fecundaron variedades de esa religión que nació con el Cristianismo— basta un ciego pobre para despertar compasión. “En la India, si cuenta con su ceguera para enternecer, puede esperar sentado. No, que agregue a la ceguera rodillas deshechas, un brazo amputado, o a lo menos la mano, y cuanto más sanguinolenta mejor, luego una pierna de menos y la nariz comida, naturalmente. Su poco de baile de San Vito en lo que le queda, lo ayudará tal vez a presentarse con algún éxito”. No es fácil despertar lástima a gentes convencidas de que a cada uno le toca su destino.
Y aunque aquí el mercado es más emotivo, la saturación de la oferta ha producido una actitud muy parecida a esa indolencia, pero que en realidad es hastío. Consciente de eso, la respuesta del negocio ha sido variar periódicamente la propuesta.
En la prehistoria están aquellos que solicitaban dinero blandiendo una ajada carpeta de manila, en cuyo interior se presumía un informe médico diagnosticando una urgente y costosa intervención quirúrgica. Allí el foco se concentraba en hacernos responsables de la “vida del niño”. Pero, dado que la naturaleza de ese chantaje lo hacía susceptible de caducar, pronto fueron desplazados por los que amenazaban vedadamente con una enfermedad contagiosa. Caminaban entre los usuarios hablando acerca de su hepatitis, su condición de HIV positivo, o alguna otra enfermedad que nadie había escuchado antes. ¿En qué momento —se preguntaban los usuarios— saldrá de su saco raído la jeringa colmada de sangre contaminada? Los que acababan “de salir de la cárcel, pero yo no quiero robar”, representaban una variante de esa modalidad. Y los que argumentaban ser “pacientes psiquiátricos del Hospital Universitario”, cuyo éxito radicaba en intimidar con una fugaz mirada nerviosa contrastando con sus modales suaves.
Luego de decenas de inminentes operaciones, tratamientos costosos y retornos al pueblo “del que nunca debí salir” (y hasta de propuestas clásicas, como la del tipo sin piernas que se arrastraba por los vagones aullando a su paso un cuidao con el mocho), un día el asunto se agotó, y se vieron ante la inédita situación de salir de vagones repletos sin haber escuchado el tintinear de monedas frotándose en manos compasivas.
Toda vaca se seca.
Pero el mercado siempre tiene capacidad de redefinirse, de detectar nuevas necesidades. Cuando todo parecía perdido, se montó a un vagón un hombre viejo, de cara ajada, barba rala y un pie de menos. Su discurso fue inesperado. Contundente. Dejó en claro que él no estaba pidiendo dinero para operarse el pie, “porque no me lo voy a poner de nuevo”. Tampoco para medicinas, “porque yo no estoy en tratamiento. No los voy a engañar como hacen los demás…”
¡Bingo! Este hombre renovó el oficio. No era lástima lo que vendía, era otra cualidad más escasa y más valiosa en estos tiempos: la honestidad. Hablaba tan fuerte como podía y lo hacía con más ánimo en tanto escuchaba la melodía que da sentido a su oficio, esas campanas secas que iban cayendo unas tras otras en su gorra. La gente entregaba las monedas con diligencia, como si sintieran que estaban poniendo su dinero en “manos honradas”.
Por ahí va la cosa en estos días. Por ahí y por conectar emocionalmente con el público. “Una Venezuela educada que me dé laj buenaj taldes” es el arranque del libreto de moda.
Son una raza, un gremio, una logia viral. Aprenden en la calle lo que los expertos en mercadeo deben cultivar en las aulas. Son eficaces. Apelan a elementales preceptos de antiguos pactos sociales, como la caridad y la solidaridad. Evocan una adulterada concepción del honor. Resucitan el espíritu de la aldea, del retorno a aquellos tiempos en los cuales todos se conocían y el problema de uno era el problema de todos.
Pero léase bien: apelan, reviven, evocan. La otra cara —la pragmática— del asunto es que son unos magos de la trampa, del timo, de la actuación. Conocen los manejos psicológicos de la persuasión y la extorsión emocional. Niños que nunca fueron niños, decrépitos ancianos de cuarenta que nunca llegaron a atracar en el muelle de la adultez, pacientes crónicos sin enfermedades pero con inquietantes sintomatologías, tullidos felices de sus ventajas comparativas (y corporativas).
Multitud de habilidosos empresarios-comediantes que conocen muy bien las sagradas leyes de su negocio y sus herramientas más eficaces: la persuasión, el chantaje, la puesta en escena…
Pero todo tiene su fascinante lectura hermética. Y en su caso pueden verse como una manada de ángeles roñosos que, si bien perdieron la capacidad de vender parcelas en el cielo, cumplen la secreta misión de hacer que, a cambio de unas monedas, cientos de viandantes anónimos lleguen a casa con la reconfortante sensación de que esa cena fría en soledad, esa chamba esclavizante y sin futuro, esa pieza sin ventana para siete, ese infierno que espera tras la puerta, no es lo peor que le espera a alguien. Que el más desnudo de los desamparos todavía no es, por fortuna, su más resignada certeza.
Y a ese precio, esa tabla de salvación es una indiscutible oferta.

Publicado en El Porta(l)voz

martes, 24 de mayo de 2011

ORLANDO ARAUJO (Cartas a Sebastián para que no me olvide)

El caballo de Bolívar (sección 4)

Bolívar jamás tuvo un caballo: tiene un pueblo.
Uno tenía y era del color del trigo y se lo regaló a José Martí.
Cuando murió Martí se lo regaló a un argentino y el argentino a un chileno y el chileno a un jinete que venía de Nicaragua y el jinete de Nicaragua no lo desensilló: Bolívar cabalga todavía.

ORLANDO ARAUJO (Cartas a Sebastián para que no me olvide)

La libertad (sección 3)

El azulejo es un pájaro de mañanita que tiene el corazón azul. No tiene jaulas, sino el viento y las ramas.
Había una vez un azulejo preso y se murió sin brisa.
Había una vez otro y otro y otros azulejos. Por eso las montañas son azules cuando las ves de lejos, en las mañanas de tus viajes.
-“Déjame ver adónde vamos” –dijo el azulejo, y voló por todo el mundo. El mundo es una palmera de azulejos que aletean y pintan de azul los cielos de la vida.
Azulejo es un azul de lejos. Libertad es un azul de pueblos sin jaulas ni jauleros.

ORLANDO ARAUJO (Cartas a Sebastián para que no me olvide)

El patio de la abuela (sección 2)

La abuela es pobre y no tiene mucha cosa, pero tiene. Tiene el aire que juega debajo de la mata de mango y los frutos de mejillas de oro con que regala a los niños más negritos del mundo.
-Señora, permiso
-¿Qué quieres?
-Un mango
-Entra, pero no me dejes las conchas en el patio.
Los árboles rodean la casa de la abuela, vienen sembrados desde el río y se inclinan con la brisa del atardecer, huelen las tejas lentamente adormecidos y van sabiendo de cada uno de nosotros; las acacias tienen la timidez de una pestaña y los helechos extienden un pálpito de manos sobre la redondez del aire. Un lagartijo aquí muy cerca hace el amor con una lagartija. Los dos son verdes, pero rojos. Y se muerden el cuello y refriegan temblorosamente contrapunteados por el sol del mediodía. Resuellan y se aman. Y se separan como si no se conocieran.
El patio de la abuela es un camino de piedras con ojeras. Y es la abuela, tan alta y extendida. Tan sonriente que parece que siempre amaneciera en cada una de las palabras que brotan desde el patio, como flores. Uno se va durmiendo poco a poco debajo de la piel de la abuela, en el patio de su manera que quererlo a uno.
Tiene todo lo que una abuela quiere tener:
Un patio, un árbol, una silla, un nieto y una flor. Por dentro tiene añales y caminos y cuentos de nunca contar. Se le ve en los ojos.

lunes, 23 de mayo de 2011

ORLANDO ARAUJO (Cartas a Sebastián para que no me olvide)

Un amigo (sección 1)

Un amigo es el refugio de los miedos que sentimos noche y día, alguien que te mira sonriendo cuando tú lo hieres.
Un amigo te levanta cuando caes y no espera saber que te has caído. Es como si de pronto estás muy sólo y alguien te llama para decirte que lo esperes.
Un amigo es el guante de tu corazón cuando hace frío, el bolsillo donde guardas las cosas que no muestras, el abrigo contra la lluvia del odio, un pararrayos aun cuando no haya tempestad, y una tempestad si en la calma te atormentan.
Un amigo es el espejo donde tú eres él, no apagues esa luz y no le falles en cualquier oscuridad.


sábado, 26 de junio de 2010

AL SUR DEL EQUANIL (Renato Rodríguez)


El violín de Tacho

Yo nunca supe el verdadero nombre de Tacho. Una vez le pregunté, me contestó con un raro gruñido; no volví a preguntarle más, podría haberse ofendido por mi curiosidad. Tacho era un hombre muy delicado. Una vez su hermano Nicomedes le increpó por el estado de semiebriedad en que se mantenía constantemente y él se sintió tan humillado que juró no volver a pedirle dinero a Nicomedes, ni siquiera en calidad de préstamo. Además, era más fascinante que fuera sólo Tacho y más de acuerdo con las costumbres de allá. Mi nombre nadie lo sabía, yo era sólo el hijo de Rafael y Chabolito era el hijo de Chabolo, a pesar de llamarse Ramón y de que Chabolo se llamaba Salvador y Tacho era Tacho y antes de ser Tacho tal vez fuera el hijo de... yo ni siquiera sé cómo se llamaba su papá.

Tacho era músico, tocaba el violín con extraordinaria habilidad y Nino decía que incluso sabía leer música. Yo no sé si era un virtuoso, un gran músico, pero habilidad, eso sí que no se le podía negar, hasta un sordo se la habría atribuido; había que verlo ¡Cómo se movía! ¡Qué de raras contorsiones realizaba! Y todo, sentado en su silla de cuero de chivo sobre el tablado de los músicos que alegraban las fiestas. Cuando Tacho tocaba todo mi ser se concentraba en los ojos, ni le oía. Me parece estarlo viendo, en su silla, con sus ojos vidriosos medio muertos, sus dientes negros tal vez a causa de los pestilentes tabacos baratos que fumaba y su enorme nariz. Siempre con la misma actitud y su mismo aspecto; año tras año.

Tacho tenía un violín que sobre mí ejercía una extraordinaria fascinación. Algo tenía aquel violín, sin embargo era, al parecer, igual a todos los violines que yo había visto ¡Cómo me habría gustado tocarlo! Pero yo, decididamente, no tenía habilidades para tocar el violín. ¡Cuántas veces ensayé con el violín de mi padre sin ningún resultado! Me convencí haciéndolo de que tocar el violín era muy difícil. Mi padre, según decían, tocaba muy bien y yo reconocía esa cualidad, pero algo le faltaba, porque a pesar de todo ni él ni su violín ejercieron nunca sobre mí, la fascinación del violín de Tacho.

¡Cómo me gustaría ser como Tacho —me decía— poder tocar el violín así y poseer desde luego su violín! pero no su tristeza. Héctor y José me lo envidiarían y también Miguelito, el hijo de doña Josefa.

Mi padre era muy aficionado a la música; frecuentemente Tacho y otros músicos de allá, venían a mi casa a tocar con él. Tacho no hablaba, se limitaba a comentarios musicales y bebía su copa silenciosamente. Una vez oí que mi padre le reconvenía en tono muy amistoso. "Has perdido mucho por tu afición a la bebida —le decía— Nicomedes y Juancho se sienten muy apenados por ti." Tacho guardaba silencio, parecía sentirse también apenado, como si le pesara haber desmerecido a los ojos de sus hermanos. En los días siguientes no dejó de embriagarse con la misma frecuencia de siempre.

Me molestó descubrir que Francisco, el sobrino de Tacho, guardaba por él una profunda admiración. Yo empezaba a considerar a Tacho así como una cosa mía y muy a menudo me veía con su violín entre las manos. Cuando Francisco me reveló el secreto de su violín, encontré justificada su admiración.

—Si mi tío Tacho —me dijo orgullosamente— hubiera seguido fabricando muebles, a lo mejor tendría hasta dinero.

—¿Cómo? —pregunté— Tacho ¿Es carpintero?

—Sí —me dijo Francisco sorprendido de que yo no supiera eso— y muy bueno; los muebles que tiene mi abuela son muy bonitos y fue él quien se los hizo.

—Pero yo siempre le he visto con su violín —repliqué.

—¡Ah —exclamó Francisco— y el violín también lo hizo él!

No pude hacer ningún comentario. Mi asombro llegó a sus límites y mi admiración por Tacho creció infinitamente. ¡Oh! —pensaba—. Nunca podré tener un violín como el de Tacho, yo creía que todos los violines son hechos en Europa y resulta que aquí también se pueden hacer. El de mi papá tiene un letrero por dentro, un poco borroso, que dice Cremonensis faciebat anno 1... en letras como las del libro que siempre carga el padre Jacinto; él es alemán, a lo mejor el violín de mi papá también lo es, pero a mí, así y todo, me gusta más el de Tacho. Quizá cuando Tacho se muera me lo deje, pero ¿Y si se lo deja a Francisco?

Me mandaron al colegio, creo que allí aprendí muchas cosas, no estoy muy seguro. Nunca pude olvidarme de Tacho. Algunos de mis compañeros aprendían a tocar el violín, yo no aprendí. Yo les oía desde el salón de estudio en sus fastidiosos ejercicios. Nunca —me decía— podrán hacerlo como Tacho y, mucho menos, tener un violín como el suyo.

¿Qué será de Tacho? —pensaba alguna vez— ¿Beberá siempre tanto y andará por las calles tambaleante como los marineros en la cubierta de los barcos cuando la mar está picada? Seguro que siempre tiene la misma habilidad para tocar el violín, y lleva sus ropas arrugadas. ¿Cómo será la mujer de Tacho? Me sorprendía pensar en la mujer de Tacho, nunca le había conocido mujer. Era seguro que no la tenía, si no ¿Por qué andaba siempre tan desarrapado? ¿Qué clase de mujer sería esa que no le planchaba los pantalones ni le cepillaba la chaqueta ni el sombrero?

Pasé varios años en el colegio y cuando terminé la secundaria volví allá. Mi padre siempre me había estado regañando por mi poco empeño en estudiar, pero no manifestó ninguna especial alegría cuando regresé con mi diploma en la mano. Mi madre estaba muy orgullosa de mí y algunas señoras me ponían como ejemplo para sus hijos. A mi padre como que le fastidiaba un poco la cosa. Él era músico, estaba acostumbrado a que se le acogiera. La vida, frecuentemente, es tan aburrida en esos lugarejos que los que tienen el don de alegrarla con música, chistes, coplas, son muy estimados; siempre alguien les está diciendo: Te invito a...

Yo pensaba que con mi diploma en la mano, a pesar de no saber sonar nada, ni componer coplas, podría también incorporarme a la cofradía de notabilidades locales. No fue así; tal vez por el poco tiempo que permanecí allá. Tuve que marcharme después de las festividades locales a seguir estudiando en la universidad.

Ese año fui por primera vez en mi vida a las fiestas, antes no me dejaban ir, coincidían con la época de luto anual por la muerte de mi tío, veinte años atrás, justo el día de la feria. La gente no lo habría visto con buenos ojos. ¡Qué descaro —habrían dicho— el hijo de Rafael en la fiesta! ¡En el aniversario de su tío! Para mí aquello era un poco oscuro, privarme de la fiesta por alguien a quien ni siquiera había conocido.

La fiesta se celebraba en un pequeño villorrio vecino, pero como el santo patrono de la misma gozaba de la devoción de los habitantes de una extensa zona, la considerábamos como cosa propia. Era de ver aquel gentío llegando por los medios más dispares de transporte, en auto, en barco, en caballos, a pie. Y eran de verse todos los preparativos que desde muchos días antes empezaban a hacerse y la increíble actividad que empezaban a desplegar esas gentes, de ordinario tan reposadas y calmosas. Era la ocasión que esperaban todos para estrenar trajes, zapatos, sombreros; para remozar la apariencia de sus casas con una buena mano de pintura. Eran los tiempos de la abundancia, los sastres, los zapateros, los pintores, no daban abasto; un ejército de músicos hacía su aparición. A veces los talleres habituales no eran suficientes y surgían algunos improvisados que desaparecían una vez pasada la gran fecha. Se hacían suficientes utilidades como para equilibrar en los presupuestos los escuálidos ingresos del resto del año. Entre todo ese gentío iba también Tacho, violín en mano. El día anterior era horrible. Todo el mundo iba a cortarse el pelo y los barberos quedaban extenuados, no sólo los habituales del pueblo, sino también los que llegaban para la ocasión, muchos de los cuales no habían encontrado local para instalarse y ejercían su oficio a la sombra de los frondosos árboles de la plaza.

En el villorrio surgían como por ensalmo lugares de diversión, bailes populares, juegos de azar, bazares provistos de toda clase de chucherías, puestos de refrescos, restaurantes. En un sitio despejado se instalaba el carrousel, con tigres, perros, leones, jirafas, caballos, lujosamente enjaezados, que daba vueltas y vueltas gracias a un complicado mecanismo que multiplicaba la fuerza de dos peones. También, en un lugar discreto, surgía el llamado "Baile de las putas".

Y allí, en el mejor de los bailes por supuesto, estaba Tacho, en una silla de cuero, sobre el tablado de los músicos, quien con su gran nariz, sus dientes negros, sus ojos tristes medio muertos ya y su aspecto general como de quien ha dormido vestido, hacía sonar con la misma habilidad de siempre su raro violín.

Días después, antes de irme a la universidad, marchaba por la calle con ganas de ir a ver a Tacho y vi a Francisco, que muy agitado venía hacia mí a toda carrera.

—Francisco —le grito— ¿Qué te pasa?

—Tacho, mi tío Tacho —me dijo Francisco sin detenerse— voy a avisarle a mi abuela.

Yo corrí rápidamente hacia el cuarto de tacho, situado en la planta baja de la casa de Evaristo Pérez. A lo mejor ha bebido más de la cuenta y se ha golpeado —pensaba— ¿Quién le manda a beber tanto? Y me acordaba del día de la fiesta, en que yo me había emborrachado y de lo mal que me había sentido y de cómo me habían reñido en casa. Pero él —me decía— ni mujer tiene ¿Quién le va a reñir?

Llegué a la casa, había varias personas allí congregadas, me abrí paso bruscamente y entré. De un golpe de vista lo contemplé todo. Por lo menos veinte botellas vacías en el suelo, algunas rotas, el ropero y un pequeño estante con libros en total desorden. De una de las vigas del techo pendía una cuerda y en el extremo se balanceaba Tacho con los ojos abiertos, sin expresión ninguna, y una mueca que a mí me pareció una burla a ciertas ambiciones de mi infancia cuando posé los ojos, primero en la caja del violín, en el suelo vacía, y luego en la cama, donde estaba el violín de Tacho completamente destrozado.

sábado, 5 de junio de 2010

AL ABUELO CON CARIÑO (Eduardo Liendo)


Yo tenía grandes esperanzas en los papeles del abuelo, durante veinte años lo espié furtivamente mientras escribía. Aprecié su solemnidad, la religiosa manera de lavarse las manos con jabón azul y luego frotarlas con agua de colonia antes de comenzar a escribir. Sus terribles impreciaciones cuando los demonios no se hacían presentes. Sus estados de profundo éxtasis cuando el aura creadora resplandecía encima de su potente testa como una tenue luz ambarina. Los momentos de trance en los que la pluma fuente permanecía en el aire en suspenso, como un caballo que se dispone a dar un jaque al rey apuntando también mortalmente a una torre y, sobre todo, el sigilo para guardar aquellas ojas en la gaveta después de cada agotadora jornada. No quedaba duda acerca de la potencial trascendencia de aquellas páginas.
Desde muy joven yo tenía la absoluta certeza de que nunca serviría para nada. Nunca me engañé con mis propias torpezas, pero para entonces ya el abuelo había cumplido ochenta años y llevaba adelante su obra con ejemplar vitalidad. Se comparaba a sí mismo con una araña tejedora que cada noche (el abuelo era noctámbulo) extendía su red. Gozaba de una voluntad flaubertiana a prueba de inconsecuencias. Puedo asegurar que mi interés en sus papeles nunca fue malévolo. Primero admiré esa facultad suya para la entrega total, como si el porvenir del mundo descansara en ese febril legado literario. Más tarde experimenté una creciente curiosidad por conocer el contenido de aquel inacabable manuscrito, hasta que indiscretamente apareció la idea de apropiarme del mismo inmediatamente después de que el abuelo estirara la pata. ¡Dios lo tenga en su gloria!
La verdad, no creo que haya sido en esta treta muy original, no es muy difícil imaginar que tras de muchos relucientes nombres literarios hay una íntima y secreta historia de fraternos saqueos y amables plagios post mórtem. Sólo así puede explicarse la existencia de tipos grises y hasta medio imbéciles que, sin embargo, gozan de la autoría de un libroi extraordinario. Yo no sería en ningún caso el primero en tomar el cartapacio de un amable difunto. Claro, no todos tienen la fortuna de tener un abuelo tan genial como el mío. Además, su vida estuvo preñada de peripecias interesantes que ni remotamente ocurrieron en la mía. Pero no fui un egotista, en íntimo reconocimiento le dediqué la obra, y una de las frases suyas que prefiero la estampé como epígrafe conservando, por supuesto, su firma. Dice así: «Cuídate del falso resplandor de los espejismos nocturnos. Edmundo Lira». Sobre decir que gracias a él soy una pluma consagrada.